Los seres humanos desde los tiempos inmemoriales, han establecido códigos para capitalizar sus conocimientos, hacer seguimiento a sus ideas y dejar un legado a sus descendientes. En algunos casos nuestros antepasados usaron las rocas como soporte a sus escritos, a sabiendas de la necesaria trascendencia de sus conceptos y en otros casos legaron símbolos o figuras corporales que hoy están en diferentes museos del mundo.
De esto hay millones de trazos en todo el mundo, que los especialistas buscan desentrañar sin pausa, pues aún hay mucho que aprender del pasado, tanto en el viejo mundo, como en el nuevo, pese a los desafueros causados por los barbaros de todos los tiempos y los “asesinos” de la historia.
En nuestra América, llena de miles de misterios, conocimientos y culturas, perviven códigos indígenas que tienen una validez, a pesar de la mutación que muchos de los conquistadores quisieron imponer. Nuestras tribus no eran, ni son, lo que los “cronistas” se apresuraron a presentar para construir una fábula ignara que agrandara su “gesta”. Con la aniquilación de muchas tribus se tapió muchos saberes al ritmo del saqueo del oro y demás minerales, objetivo principal de los conquistadores.
En ese proceso de arrase, mucha sabiduría bajó a la tierra, sepultando conocimiento ancestral, que quizás hoy fueran útiles a la humanidad… solo quedó en pie la memoria colectiva de miles de nativos que, negados a sucumbir, pese al yugo de los nuevos “dueños”, mantuvieron viva la luz del saber colectivo.
La tribu guaraní de Paraguay, pese a la imposición, atropello y aniquilación que han sufrido, desde la llegada de los conquistadores a sus tierras, mantienen no solamente su lengua nativa, sino que, tienen una fórmula que, de ser usada por los ciudadanos de todas las naciones, llámense desarrolladas o en vías de desarrollo, otra sería nuestra sociedad y otro nuestro paisaje. Los nativos mantienen el Código Rohayhu o rojaijú, como eje de sus vidas, cuyo espíritu es vivir bajo las normas de la solidaridad, el afecto y compromiso con los demás.
Rohayhu, que se traduce del guaraní moderno como “amor” o “amistad”, pero que más ampliamente es “la vida de la tribu y su voluntad de vivir, la solidaridad entre iguales”, concepto humanista, de compromiso y sentimientos que une a todos, no por intereses, sino para satisfacer el adentro que cada uno lleva en su tránsito de vida. Los guaraní han ido pasando de generación a generación este código de amor, a pesar de la engañifa y la “venta” de nuevos patrones de comportamiento social, cuya raíz tiene su origen en el bien individual.
Los colonizadores y sus adláteres han conquistados las tierras e imponen normas en el comercio y la trata de todo tipo, más no han podido borrar el espíritu que sirve de guía al Rojaijú, que está en el ADN de los guaraní. Quizá la deidad de sus ancestros le mantiene presente o, tal vez la memoria colectiva y la gratificación que produce el sentirse amado y amar es más fuerte que la tentación o manipulación de los mercaderes de ayer y hoy, que existen en todas las latitudes.
El mundo requiere modos o códigos de vida más cerca de los Rohayhu guaraní o principios de los quechuas de Perú y Bolivia, quienes no olvidan sus costumbres y sus orígenes, cuya expresión solidaria está representada por el Ayni, principio precolombino que se traduce en solidaridad y reciprocidad con la comunidad en todo tiempo.
En Perú es común el Ayni, como respuesta de los amigos y vecinos en casos de emergencia o necesidad de alguna persona del grupo. Es la ayuda mutua que se prestan entre sí las familias, lo llaman Ayllus, que se remonta a los tiempos cuando de manera colectiva, trabajaban la tierra en procura de sembrar y cultivar en la difícil región alta de los Andes. Costumbre que viene desde los tiempos del dominio de los Incas, que tiene el código Minka, que es conocido en otras sociedades no incaicas, como cooperativas; sin embargo, estas organizaciones no cuentan con el espíritu ancestral del trabajar con amor y por el prójimo. Necesitamos multiplicar el Código Rojaijú, para tener el influjo del amor a los otros, para que los panes sean multiplicados en beneficio de la sociedad y no para aumentar el capital económico que, en muchos casos, omite la paz mental de sus componentes.
Kralendijk, noviembre 2022
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