El capital de la solidaridad

Cuando la campana del Dow Jones suena, hay millones de empleos y salarios que son afectados en todo el mundo, pues es el marcador que señala el valor no solo de la moneda de cada país, sino de casi todo lo que se come y produce en el universo.

Estar pendiente de los movimientos de la bolsa, es parte del rito de cientos de miles de funcionarios, empresarios y particulares, pues muchas de sus ganancias o pérdidas dependen del marcador bursátil y del valor de las acciones o paquetes que se cotizan en Londres, New York, Tokio… pocos miran los otros marcadores que señalan la ruta de la miseria y el hambre que sacude a millones de ciudadanos del mismo mundo.

Se señala, con displicencia, que los capitales no tienen corazón, con lo que se asume que el concepto de capital se refiere solo al capital material, excluyendo el mejor capital del mundo, el capital social de los seres humanos y que está referido a valores fundamentales del buen ciudadano, como es, la confianza, reciprocidad, redes, formas de participación civil, y reglas formales e informales o institucionales que permiten la evolución e integración de todos en procura del bien común.

Somos conscientes que el mundo se mueve detrás de los capitales económicos, pero no necesariamente sea una ruta que excluya el mayor bien de cada individuo: sus valores éticos y morales, que deberían ser tomados en cuenta en todas las oportunidades que tengamos para crear un mundo más vivible y más humano.

Hay miles de individuos que tienen como eje de vida la filantropía y la caridad, pero también es cierto que son millones los seres humanos que lo único que buscan en el mar que les rodea, es una oportunidad, pues la dádiva no es la solución. Si desde los grandes consorcios se entendiera la riqueza que está en las mentes de ciudadanos virtuosos repartidos en todo el mundo, se abrirían mayores oportunidades para ver un mundo mejor.

Hay pequeñas y focalizadas luces en el mundo de los negocios que apuestan por estas mentes y grupos, dispuestos a potencializar el valor social de emprendedores, pero la voracidad del capital económico prima, en muchos casos, y en el mundo el tiempo es el martillo de los grandes emporios de la economía; por eso, no hay tiempo para los que menos tienen en sus balances económicos.

Sin embargo, es preciso señalar que desde los años veinte, se produjo un fenómeno en la conceptualización de la economía y finanzas: La finanza ética moderna que tiene registro en los Estado Unidos, cuando la Iglesia metodista, que hasta entonces veía la Bolsa como una oscura casa de apuestas, decidió comenzar a invertir en ella, pero quiso asegurarse de no hacerlo en empresas alcoholeras o implicadas en juego ilegal. Sin embargo, el auge de la inversión socialmente responsable llegó en los años setenta. En plena guerra de Viet Nam, grupos de ciudadanos decidieron boicotear a la empresa fabricante del gas nápalm que, fumigado en la jungla vietnamita, causaba graves deformaciones en las poblaciones afectadas. A partir de entonces, iglesias, fundaciones y universidades comenzaron a preguntarse sobre el destino de sus ahorros y abriendo espacios a lo que se llama Banca Ética.

Desde finales del siglo XX, una serie de instituciones han apostado por darle más valor a la Ética, que a los intereses que se reflejan en sus balances contables. El valor del capital Ético abrió caminos en Países Bajos, cuando en 1980, el Triodos Bank dio apertura y hoy tiene filiales en 5 países europeos y cuenta con más de 747.000 clientes. Holanda ha podido demostrar que es posible transformar el mundo de los negocios y apuesta al desarrollo de las potencialidades de los proyectos con gran pertinencia social, como es el medio ambiente, la cultura y la atención a los más necesitados del todo el mundo.

Citaré, a modo de demostrar la validez del concepto de Banca Social, mi caso particular, sin intención de ponerme como ejemplo, sino para mostrar resultados y del porqué creo en el desarrollo de las capacidades humanas, como el mejor capital a desarrollar.
Cuando me desempeñé como responsable del Fondo de Pensiones de Curazao, dirigí mis acciones a fortalecer el músculo de emprendedores a través de créditos a bajo interés. Después de muchas décadas, veo, a muchos de los que recibieron estos préstamos, seguir creciendo y es parte de la alegría que llevo en mi vida.

Al igual que el programa de viviendas bajo la figura de hipotecas, que permitió que cientos de Antillanos tuvieran acceso a préstamos solidarios para tener una vivienda propia, son resultados medibles de un programa bien sustentado, bajo reglas claras y transparentes, nos permiten seguir soñando con una sociedad más comprometida con el desarrollo de todos, dando oportunidades y abriendo puertas a los que con goce, se anotan en la agenda de los valores éticos, como norma para construir un mundo mejor.

Kralendijk, diciembre 2022
c.els@interconsultmc.biz