Sin duda alguna, cada evento que ocurre a nivel mundial, nos muestra, múltiples caras de la faceta humana. Qatar 2022, no podía ser la excepción.
Por un lado, está la opulencia en su máxima expresión, en medio los balones de fútbol que son perseguidos por entusiastas y expertos jugadores y la algarabía de la concurrencia que aúpa, como buenos hinchas a sus selecciones. En todos los Mundiales de fútbol la osadía e irreverencia de miles de asistentes, les asemeja a las fiestas de carnaval de Brasil. Caras pintadas, disfraces de todo tipo, banderas representativas de diferentes países, sonido a los más altos decibeles y todos pendientes del pitazo del arbitro y, en caso de Qatar, vimos la primera mujer arbitrando un juego de Copa Mundial.
Por otro lado, es obvio que Qatar, siendo un Estado regido por un Emir cuyas raíces están arraigadas en la cultura árabe, tenga leyes y normas que, en algunos casos, los occidentales no entiendan, pues hay que conocer las tradiciones ancestrales de Asia Mayor y Asia Menor, cuya parentela está presente en Qatar y sobrevivió al dominio de Gran Bretaña.
En la legislación qatarí está prohibido los partidos políticos, la máxima figura representativa y quien toma las decisiones es el Emir, que no solo representa la monarquía, sino que tiene las facultades de todo rey.
El jeque Hamad al Thani, actual soberano de Qatar, se convirtió en Emir, después de deponer a su padre cuya dinastía se prolonga, desde que la independencia de Gran Bretaña, ocurrida en 1971, lo que abrió las puertas a las negociaciones de este pequeño país, con el resto del mundo, dado a su potencial energético de gas y petróleo. Es el tercero con la mayor reserva del mundo, cuestión que ha usado el emirato, para establecer alianzas estratégicas con casi todas las potencias del globo, pues usa estas potencialidades para lograr sus objetivos.
En medio de la crisis que ha vivido el mundo en los últimos años, dada la necesidad de energía y aprovechando las circunstancias de las diferentes guerras que se suceden, Qatar se ha erigido como un modelo de prosperidad y desarrollo, en donde se dan los extremos lujos que muestran la extravagancia en su máxima expresión, como es flotas de vehículos construidos con oro de alto quilate. Los habitantes no pagan impuestos a la nación y sus ciudadanos pueden comprar equipos enteros de los deportes más caros en el planeta, como es el caso del PSG de Francia y otros de igual factura.
La marca Qatar es icónica y busca figuras que los represente, por eso se hicieron del Mundial 2022, pues pocos se atrevieron a cuestionar el montaje en tierras con culturas tan diferentes a las tradicionales en occidente, pero Qatar apostó por la vitrina, para mostrar el resurgimiento de la nueva Mesopotamia, en donde los emires, son los faraones modernos, para lo cual requieren el reconocimiento de todo el mundo y nada mejor que el espectáculo de un Mundial de futbol, lugar hacia el cual convergen todas las miradas. Qatar como equipo, quedó eliminada en la primera ronda, siendo preciso aclarar que, en honor a la verdad, nunca pretendieron pasar de esa fase. Son conscientes de sus limitaciones en este deporte, pero como negocio los objetivos se han cumplido, pese a los millones de quejas que se produjeron en todo el planeta.
El otro lado de Qatar, que salió a la vista, es las desigualdades que se viven en el Estado más rico del mundo y que basta una relación matemática para significarla: los cataríes son apenas unos 250 mil nativos, cifra que es un 10% de la población general de más de 2.500.000 habitantes, compuesta, en su la mayoría, de personas contratadas que hacen oficios para las familias nativas y, en muchos casos, los trabajos rudos que los cataríes no harían, pues les baja de nivel.
En el caso del Mundial 2022, organizaciones por los derechos humanos señalan que cada semana, durante la construcción de los 8 estadios destinados para el evento, murieron en accidentes extremos, miles de trabajadores contratados con paga miserable, sin derecho a seguros médicos, sin reconocimiento a méritos y espacios para el descanso. Según se dijo, la mano de obra usada para levantar los icónicos estadios, tuvo la categoría de esclavos que no serán visibilizados, pues el Estado cubrió, con clausulas pecuniarias, el secreto de las empresas contratadas.
Se habla de el mundial de la sangre o, en otras apreciaciones se le ha tildado del césped rojo sangre, por la cantidad de trabajadores que murieron en dichas obras, siendo explotados al extremo y cuyas estadísticas, nunca saldrán al público, en razón al poderío del Estado de Qatar y sus finanzas para callar cualquier “ruido” que pueda producirse, más allá del silbato de los jueces y la algarabía de los asistentes. Qatar sigue siendo una marca, pero no todo es lujo en el Emirato, hay mancha de sangre en el campo… de trabajo y no es juego.
Kralendijk, diciembre 2022
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